El pasado sábado por la mañana, Manuela encontró a su hija de 20 años sentada sobre su cama. De su boca no hacían más que salir frases inconexas. Algo iba mal. La madre, preocupada, al ver que el shock no remitía decidió llevar a Clara (su hija) al Hospital Universitario La Paz. Una vez allí, fue sometida a varias pruebas físicas y psicológicas. Su salud estaba intacta en todos los aspectos excepto en el mental. Todo rasgo de la Clara que sus más allegados conocían había desaparecido.
"Clara ya no es la misma. Ya no es ella. No habla de lo que le gusta. Habla con total convencimiento de temas sobre los que no tiene ni idea. Dice cosas sin sentido. Es un chorro de información inconexa y vanal. Mi mejor amiga ya no existe." Nos cuenta Cristina, compañera de facultad de la joven. Mientras su madre afirma "Mi niña, mi Clarita, ya no existe. Ha muerto." Escalofriante.
¿Qué ha llevado a una joven con toda una vida por delante a perder la cabeza de este modo? ¿El alcohol? ¿Las drogas? Resolveremos esta duda enseguida, pero primero permitanme ponerles en antecedentes.
Vivimos en una sociedad repleta de información. Gracias a la globalización ésta se puede transmitir en mayor cantidad, a mayor velocidad y de muy diversas maneras. Una de estas formas de transmisión, y probablemente la más efectiva, son las imágenes. Estamos rodeados de ellas, podríamos decir que hasta nos invaden, solo que lo hacen de la mejor manera posible: sin que nos demos cuenta. Carteles publicitarios en las fachadas, en los andamios, en los autobuses y hasta en algunos coches; en camisetas, en la franja superior de los calzoncillos, en las etiquetas y envases de los productos, en la televisión y , por supuesto, en las redes sociales. Seguro que me dejo algún medio en el tintero, pero he llegado al punto al que quería: el mundo Facebook, Instagram, Pinterest, Tumblr, YouTube y demás. Hemos llegado a un punto en que no sólo consumimos las imágenes que prácticamente nos hacen tragar con embudo para seguir dando cuerda al sistema capitalista. Ahora nosotros también generamos imágenes y las compartimos con el mundo entero. El problema es que pocas veces caemos en la cuenta de la responsabilidad que esto supone.
"Mira mis bíceps" "Mira este cuerpo serrano" "Mira la lechuga que me voy a comer" "Mira lo guapo/a que estoy ¡y recién levantado!" No sólo muchas de estas fotos suponen agravios sexistas y machistas, lo vanalizan todo o, directamente, nos informan de cosas que nos importan más bien poco. Suponen un chorreo constante de información que nos afecta, incluso aunque no lo creamos, aunque no le demos ni a "like" y tan solo pensemos "menuda chorrada" y arrastremos la pantalla en dirección a la siguiente imagen. Podríamos ser la persona más tonta de la galaxia, que aún así nuestro cerebro captaría toda esa información. Y es aquí donde se presenta la problemática. Seamos los más tontos o los más listos de la galaxia, el no saber interpretar las imágenes puede producir un "colapso" que desemboque en una mala gestión de nuestras propias ideas y razonamientos.
Siendo conscientes de todo esto, quizá tomemos más en serio esa responsabilidad de que antes hablaba a la hora de generar y analizar imágenes. Nuestra salud mental nos lo agradecerá. Saber construir una imagen, tener en cuenta el orden de lectura al componerla, cuidar el lenguaje visual tanto a nivel formal como a nivel semántico, contextualizar adecuadamente el marco histórico - cultural. Todas ellas pautas imprescindibles en el proceso de alfabetización visual que tendremos que seguir por nuestro propio bien.
Clara desapareció entre un maremágnum de imágenes vacuas, innecesarias. Fue absorbida por todas esas horas mirando a la nada que se le presentaba en una pantalla. Sufrió una sobredosis que su cerebro (quizá especialmente sensible) no pudo soportar. Quizá algún día vuelva en sí, quizá jamás lo haga. Quizá sea el momento de concienciarnos para generar un "mundo visual" más responsable.
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